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miércoles, 24 de junio de 2009

Escribiendo desde el campo

1

Desde el campo

 

 

Ya estoy viviendo en Derqui. Tendré que acostumbrarme de nuevo a la

calma de este pueblo.

He tenido que trabajar como enano para poner en condiciones

habitables la vieja quinta que heredé de mis padres. Yo la considero mía,

aunque la mitad es de mi hermana. Ella vive en la ciudad de Derqui y la

quinta está a treinta cuadras del centro.

Me costó un huevo y la mitad de otro conseguir los materiales

necesarios para la refacción. Nadie quería fiarme ni darme crédito.

Tuve que recurrir a mi hermana a quien le bastaron unos llamados

telefónicos para tener un amplio crédito en todas partes.

Ahora deberé ponerme en campaña para obtener algún trabajo. Creo

que lo mejor sería actualizar mi matrícula de Martillero y poner una

Inmobiliaria y dedicarme a los Bienes Raíces.

Poco a poco se han ido acercando mis viejos conocidos y compañeros

de jaranas, pero la amistad dura poco cuando se dan cuenta que no

tengo un peso partido por la mitad. En vez de sentirse obligados a

ayudarme, como yo lo hice tantas veces con ellos, se alejan

desentendiéndose de mí, como si yo portara la peste.

Pero no me doblegará la autocompasión ni la depresión ni el stress. Ya

tengo el cuero demasiado curtido para que estos sinsabores me afecten

demasiado. No hay nada mejor que el trabajo manual para olvidar las

penas. Por eso me dispongo a afilar el hacha grande para cortar y echar

abajo todos los árboles secos, que son muchos y aprovecharé sus

troncos y ramas para cortar leña , así estaré preparado para el invierno y

en el hogar inmenso no faltará el fuego.

Doña Sofía está feliz, reparando el gallinero y haciendo su huerta y yo sé

que también la alegra mucho verme haciendo cosas constructivas.

Ayer me ofreció, una vez más, sus ahorros en forma de préstamo. Me

parece que mi hermana le pagó los meses que yo le adeudaba por sus

servicios.

Espero que Nilda no se entere que estoy viviendo nuevamente en

Derqui, porque ella vive muy cerca de aquí, en la aldea de Villa Rosa y

creo que le adeudo algunos pesos. No recuerdo bien. No se los devolví

la última vez que la ví, porque nos encontramos en el Bingo y yo estaba

seguro que se iba a gastar la plata en el póker. Así que me escurrí

afuera y no me pudo encontrar. Supe que me estuvo buscando con un

cuchillo grandote en la mano. Pero lo hice por su bien

Doña Sofía, anoche preparó un caldillo de papas, que es lo mas triste

que existe y da más soledad al alma. Solo me faltó tomar vinillo, no vino,

sino el vinillo doloroso y aterrado que le darán a los que van a fusilar, los

carceleros o el fraile infame que lo azotará con el crucifijo

ensangrentado. (¡Que bien escribe Pablo de Rokha)

Lo que pasa es que no quiso sacrificar una gallina de las cuatro que

tiene.

—¡Son ponedoras —me dice —y necesitamos los huevos!

Ya era muy tarde para ir a comprar algo y no se veía nada con la maldita

neblina y el maldito humo. Sí, porque llegó el humo a Pilar y a toda esta

zona. Malditos ganaderos y la puta que los parió. Queman los pastos de

sus campos en forma indiscriminada y sin tener la más mínima

precaución y sin el menor respeto por la vida silvestre y tampoco por la

vida humana. Varios muertos y cientos de heridos han dejado estos 12

días de quemazón. Y todo por ahorrarse unos pesos. Me tomé el caldillo

de papas con toda la pena del mundo. Si me cruzara en este momento

con algún ganadero le cortaría las bolas.

Dejaré de comer carne por algún tiempo, en protesta.

Sólo morfaré pollo y pescado.

La carne solamente la probaré, si está con tacos altos…

 

 

 


Tags: campo, escritor


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