Escribiendo desde el campo
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Desde el campo
Ya estoy viviendo en Derqui. Tendré que acostumbrarme de nuevo a la
calma de este pueblo.
He tenido que trabajar como enano para poner en condiciones
habitables la vieja quinta que heredé de mis padres. Yo la considero mía,
aunque la mitad es de mi hermana. Ella vive en la ciudad de Derqui y la
quinta está a treinta cuadras del centro.
Me costó un huevo y la mitad de otro conseguir los materiales
necesarios para la refacción. Nadie quería fiarme ni darme crédito.
Tuve que recurrir a mi hermana a quien le bastaron unos llamados
telefónicos para tener un amplio crédito en todas partes.
Ahora deberé ponerme en campaña para obtener algún trabajo. Creo
que lo mejor sería actualizar mi matrícula de Martillero y poner una
Inmobiliaria y dedicarme a los Bienes Raíces.
Poco a poco se han ido acercando mis viejos conocidos y compañeros
de jaranas, pero la amistad dura poco cuando se dan cuenta que no
tengo un peso partido por la mitad. En vez de sentirse obligados a
ayudarme, como yo lo hice tantas veces con ellos, se alejan
desentendiéndose de mí, como si yo portara la peste.
Pero no me doblegará la autocompasión ni la depresión ni el stress. Ya
tengo el cuero demasiado curtido para que estos sinsabores me afecten
demasiado. No hay nada mejor que el trabajo manual para olvidar las
penas. Por eso me dispongo a afilar el hacha grande para cortar y echar
abajo todos los árboles secos, que son muchos y aprovecharé sus
troncos y ramas para cortar leña , así estaré preparado para el invierno y
en el hogar inmenso no faltará el fuego.
Doña Sofía está feliz, reparando el gallinero y haciendo su huerta y yo sé
que también la alegra mucho verme haciendo cosas constructivas.
Ayer me ofreció, una vez más, sus ahorros en forma de préstamo. Me
parece que mi hermana le pagó los meses que yo le adeudaba por sus
servicios.
Espero que Nilda no se entere que estoy viviendo nuevamente en
Derqui, porque ella vive muy cerca de aquí, en la aldea de Villa Rosa y
creo que le adeudo algunos pesos. No recuerdo bien. No se los devolví
la última vez que la ví, porque nos encontramos en el Bingo y yo estaba
seguro que se iba a gastar la plata en el póker. Así que me escurrí
afuera y no me pudo encontrar. Supe que me estuvo buscando con un
cuchillo grandote en la mano. Pero lo hice por su bien
Doña Sofía, anoche preparó un caldillo de papas, que es lo mas triste
que existe y da más soledad al alma. Solo me faltó tomar vinillo, no vino,
sino el vinillo doloroso y aterrado que le darán a los que van a fusilar, los
carceleros o el fraile infame que lo azotará con el crucifijo
ensangrentado. (¡Que bien escribe Pablo de Rokha)
Lo que pasa es que no quiso sacrificar una gallina de las cuatro que
tiene.
—¡Son ponedoras —me dice —y necesitamos los huevos!
Ya era muy tarde para ir a comprar algo y no se veía nada con la maldita
neblina y el maldito humo. Sí, porque llegó el humo a Pilar y a toda esta
zona. Malditos ganaderos y la puta que los parió. Queman los pastos de
sus campos en forma indiscriminada y sin tener la más mínima
precaución y sin el menor respeto por la vida silvestre y tampoco por la
vida humana. Varios muertos y cientos de heridos han dejado estos 12
días de quemazón. Y todo por ahorrarse unos pesos. Me tomé el caldillo
de papas con toda la pena del mundo. Si me cruzara en este momento
con algún ganadero le cortaría las bolas.
Dejaré de comer carne por algún tiempo, en protesta.
Sólo morfaré pollo y pescado.
La carne solamente la probaré, si está con tacos altos…

